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LA NOCHE DE LOS NAHUALES||Benjamín M. Ramírez

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Por necesidad he tenido que salir al mercado sobre ruedas y toparme, inevitablemente, con un aglomerado de personas que realizan sus compras por la cercanía de la navidad. En un buen número de transeúntes que pulula en el tianguis el cubre-bocas es visible, y los letreros en cada puesto son imponentes: el mensaje es claro sin cubre-boca no te atendemos.

Sólo faltarían los filtros de desinfección a la entrada y salida del mercado sobre ruedas. En los meses anteriores no podía ni siquiera imaginar que lo anteriormente expresado fuese posible.

De haber sido posible un acuerdo ciudadano en los primeros meses de la pandemia: al cumplir con las normas sanitarias se evita el colapso en los hospitales, las actividades comerciales continúan y el número de muertos no sería tan elevado, pero persiste una terquedad milenaria en el mexicano que se traduce en un egoísmo sin límites.

Por ahora, en Baja California y la Ciudad de México, con el semáforo rojo, un sinnúmero de establecimientos comerciales se verán obligados a cerrar con los efectos negativos que dichas medidas implica, sobre todo en el aspecto de pérdidas y ganancias. Sin mencionar las tiendas que han sido clausuradas, suspendidas o multadas por rebasar el número de personas al interior de los establecimientos. Sin tan sólo existiese la conciencia ciudadana, no se presentaría el efecto dominó.

Ya San Agustín de Hipona lo había advertido desde hace muchos siglos, con su adagio: “Hijo mío, cuida del orden y el orden cuidará de ti”; disciplina es lo que necesita cada persona en su quehacer cotidiano. De haber cumplido con todas las indicaciones sanitarias, el uso irrestricto del cubre-boca, la sana distancia, y otros deberes frente al problema que nos atañe, los efectos pecuniarios y sanitarios estarían reportando otras cifras.

Las festividades navideñas y de fin de año aportarán su cuota de muerte y saturación de hospitales, que se sumará al porcentaje en el recuento y maceración de las cifras reportadas, de muertes y hospitales a tope. La muerte tendrá mucha tela donde cortar.

En otro orden de ideas, desconozco quién asesora a los gobernadores que les da por hablar, sin calcular los efectos del mensaje, y preguntaría si conocen la propuesta de comunicación de Wilbur Schramm, mejor conocido como la tuba de Schramm, en el que plantea que los efectos de la comunicación son el resultado de varias fuerzas, de las cuales el emisor sólo puede controlar una: dar forma a su mensaje y decidir cuándo y dónde transmitirlo.

La razón de lo anterior obedece a que sendos gobernadores les ha dado por hablar, sin el poder que les otorga el puesto para limitar los alcances de su verborrea. Por un lado, el gobernador de Puebla, le pide a una reportera no preguntar más: “Te digo que cuando el gobernador habló, ya ningún otro puede hablar, aprende eso, por favor, no preguntes”. Barbosa se presenta en su faceta de dictadorzuelo o señor feudal, censurando y violentando el derecho a informar y ser informado, y demostrando una probable violencia de género.

Y el otro, dirigiéndose a los trabajadores de la salud en Baja California, en un mensaje desafortunado para señalar que “Están acostumbrados a que se les pague a tiempo”.

Como si pagar los salarios devengados fuera un favor. Por supuesto que se tiene que pagar a tiempo, según las disposiciones legales de las leyes vigentes.

La administración pública, en todos sus niveles, no puede dejar la responsabilidad que le atañe en cuanto a salarios: ni a maestros ni a trabajadores de la salud, a nadie se les debe pagar fuera de tiempo sin incurrir en la probable constitución de una violación a las leyes vigentes.

Los salarios ya están etiquetados y presupuestados desde el inicio de año, con la ley de egresos y es inadmisible que se retrase un deber sagrado como el pago de salarios y prestaciones, de hacerlo se atenta contra los derechos humanos más elementales: a la vida, a la alimentación, a la salud, a la educación, entre otros.

El hecho de que a un trabajador no se le pague su salario a tiempo constituye en sí misma una situación que pone en riesgo el cumplimiento por parte del Estado de preservar los derechos humanos fundamentales citados anteriormente.

En otro asunto, en el mismo orden de mensajes desafortunados, muy claro ha quedado el concepto “trabajador” que tiene el empresario Salinas Pliego —uno de los hombres más ricos del país, gracias a su esquema de abonos chiquitos que se practica en sus tiendas de electrodomésticos y que, al final, el consumidor termina pagando a un sobreprecio por los productos adquiridos, sin que exista autoridad que le pueda poner freno— al llamar a la comunicadora Sabina Berman “su esclava”, y que la columnista y comunicadora ha respondido de forma atinada, en su columna titulada “Yo, la esclava de Salinas Pliego”.

Por un lado, Salinas Pliego le pide expresar su sentir “cuando era su esclava”, y le pide agradecer los millones que le pagó. Supongo que así se han de sentir los trabajadores de las empresas del millonario Salinas, quienes tienen que estar de pie en sus puestos sin acatar las disposiciones sanitarias emitidas por la autoridad federal.

Lo cierto es que con sus dichos vía Twitter el empresario queda muy lejos de la filantropía que antaño lo ha caracterizado, a través de las campañas “Juguetón” o el “Vive sin Drogas”. Para uno de los hombres más ricos de México, el ser trabajador es ser esclavo, en toda la extensión de la palabra.

Concluyo, deseándole, a quienes leen estas líneas, una navidad responsable porque esta navidad será atípica, como atípico es el desconsuelo de miles de personas que han perdido un ser querido por la irresponsabilidad de todos.

Felices fiestas: que el mensaje desde Belén sea la luz que ilumine los rincones más obscuros de la frivolidad humana, del egoísmo y el desinterés por el prójimo.

 

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